Esta es quizás la imagen más icónica de Rubén Darío, un talento privilegiado, diplomático, periodista, vividor atormentado y sobre todo, poeta. Rimador extraordinario y creador de ritmos prodigiosos, fabricante habilidoso por obra y gracia de la palabra (de esas palabras que en su pluma cobraban vida, luz, armonía y delicadeza), de mundos mágicos de fantasía, elegancia y belleza, ha merecido sobradamente ser considerado el príncipe de nuestras letras, aunque su existencia tuvo sus luces deslumbrantes... y sus sombras abisales. El primer gran poeta Hispanoamericano nació en Metapa (Nicaragua) en 1867 como Félix Rubén García Sarmiento, pero adoptó el apodo de su familia, conocidos como los Darío. Pronto pasó a vivir a León, tras la separación de sus padres, y se crio con unos tíos abuelos a los que creyó durante mucho tiempo sus padres. Fue un niño prodigio: con tres años sabía leer, con ocho ya había leído el Quijote, la Biblia o discursos de Cicerón, con diez emp...