Rubén Darío, príncipe de las letras hispanas


 Esta es quizás la imagen más icónica de Rubén Darío, un talento privilegiado, diplomático, periodista, vividor atormentado y sobre todo, poeta. Rimador extraordinario y creador de ritmos prodigiosos, fabricante habilidoso por obra y gracia de la palabra (de esas palabras que en su pluma cobraban vida, luz, armonía y delicadeza), de mundos mágicos de fantasía, elegancia y belleza, ha merecido sobradamente ser considerado el príncipe de nuestras letras, aunque su existencia tuvo sus luces deslumbrantes... y sus sombras abisales.

El primer gran poeta Hispanoamericano nació en Metapa (Nicaragua) en 1867 como Félix Rubén García Sarmiento, pero adoptó el apodo de su familia, conocidos como los Darío. Pronto pasó a vivir a León, tras la separación de sus padres, y se crio con unos tíos abuelos a los que creyó durante mucho tiempo sus padres. Fue un niño prodigio: con tres años  sabía leer,  con ocho ya había leído el Quijote,  la Biblia o discursos de Cicerón, con diez empezó a escribir poemas y con quince era un gran recitador. Estudió con los jesuitas y su vida profesional se desarrolló entre dos grandes facetas: el periodismo y la diplomacia, con motivo de las cuales viajará por toda Hispanoamérica y Europa. Vino a España dos veces, la segunda en 1898, y de ahí pasó a recorrer toda Europa, su adorado París incluido. Aquí entró en contacto con muchos de los literatos de la época , tanto consagrados como noveles: Juan Ramón Jiménez, Machado, Valle –Inclán, sobre cuyas obras ejerció una influencia evidente, porque la obra de Darío supuso una verdadera revolución: la entrada del Modernismo literario en España. Se casó dos veces muy joven: la primera enviudó y la segunda fue un matrimonio fracasado del que hubo varios hijos pero del que nunca consiguió el divorcio a pesar de vivir separados de hecho. En España conocerá a Francisca Sánchez, muchacha muy humilde con la que no pudo casarse pero a la que enseñó a leer, a la que llevó por toda Europa en sus viajes, y con la que tuvo cuatro hijos, de los cuales solo uno sobrevivió.

Su personalidad presentaba dos caras: una vitalista, amante de los placeres y la belleza; otra atormentada y depresiva, con graves crisis a lo largo de su vida  que le llevarán a refugiarse en el alcohol, lo que  le provocará problemas económicos y de salud,  y finalmente terminará prematuramente con su vida: durante la Primera Guerra Mundial vuelve a América, donde empeora su estado, y termina muriendo en el León de su infancia en 1916, con sólo 49 años. Su multitudinario entierro duró varios días en los que el pueblo y las grandes autoridades de su país le mostraron su admiración y respeto, que continúan hasta la actualidad.

Aquí tenéis un vídeo más amplio y pausado sobre su biografía, y aquí varios más, con muchas curiosidades sobre él.

En su obra podemos distinguir a grandes rasgos dos grandes etapas

  1. Modernismo esteticista, escapista y formalista: Tras sus primeros libros de formación, sus dos grandes obras de juventud serán  Azul (1888), en verso y prosa, que supone el nacimiento del Modernismo, en el que es especialmente perceptible la influencia parnasiana, por su esteticismo, su formalismo, su sensualidad, su escapismo (es importante la presencia del exotismo oriental, la Grecia clásica, lo aristocrático, los mundos de fantasía…), En su siguiente obra, Prosas profanas (1896), llega al culmen de esta tendencia esteticista y escapista, con una poesía  colorista más exuberante, sensorial y culturalista, un erotismo aún más exacerbado y un  lenguaje poético rico y rítmico, cada vez más alejado de la lengua cotidiana.
  2. Modernismo esteticista e intimista: Cantos de vida y esperanza  (1905). considerada por muchos críticos su mejor obra, publicada ya en Europa, en una etapa de madurez, y en la que el cambio poético es más que perceptible por la aparición de la tendencia intimista en la que, sin descuidar el lenguaje, aflora la expresión de sentimientos personales y profundos, tanto vitalistas como melancólicos, pesimistas o existenciales, en poemas sobre la melancolía, la fugacidad del tiempo, el sinsentido de la vida o la angustia ante la muerte, para cuya expresión recurrirá al simbolismo de forma más acentuada que en sus obras anteriores. Además, encontramos también poemas  críticos con la sociedad e incluso la política de la época Esta tendencia continuará su última gran obra, El canto errante (1907), en el que la línea intimista pesimista cobra mayor importancia.
  


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