Algunas calas en la novela de la España democrática

 


En general, la narrativa posterior a 1975 se caracteriza por el abandono del experimentalismo y la recuperación de la narratividad, el placer de contar historias y la conexión con los lectores. A esto contribuyeron varios factores:

  • La desaparición de la censura tras la dictadura, que permitía a los escritores abordar temas que hasta entonces no habían podido tratarse.
  • La desafección de gran parte de los lectores que había provocado el cansancio de la novela experimental: ahora los autores ven necesario recuperar la trama y poner la narratividad en primer término para reconquistar al público perdido.
  • El crecimiento del sector editorial: crece el consumo de novelas que hace que proliferen títulos, autores y premios literarios. Además, reformas educativas favorecieron el crecimiento del público lector, entre el cual la novela fue el género más popular. Todo esto obligó a la novela a buscar el equilibrio entre satisfacer las demandas de un mercado editorial cada vez más potente y la necesidad de innovación y calidad literaria.

Aunque se produce cierta dispersión de tendencias (en parte debido a la proliferación editorial), sí son perceptibles al menos tres generaciones de novelistas:

1.- LA GENERACIÓN DEL 68

Escritores nacidos en los años 30 y 40 que comienzan a destacar en la década de los 70 y a  quienes se conoce por ese nombre en alusión a las revueltas sociales  francesas.  Su  irrupción coincide con el cansancio de la novela experimental.  Su novela se caracteriza por:

  • Vuelta a la narratividad: recuperación del argumento y la creación de personajes sólidos que aportan una visión personal sobre el mundo.
  • Importancia de la subjetividad: el yo es el centro de su relato.
  • Cuidado del estilo: se huye del prosaísmo y se llega a utilizar un lenguaje lírico.
  • Nuevo clasicismo: la novelas se inspiran en los grandes modelos narrativos de la tradición española y universal.
Dentro de las novelas de los autores de esta generación encontramos varios subgéneros:
  • Metanovela: textos en los que el hecho literario es un tema en sí mismo, el narrador nos hace partícipes de su construcción y reflexiona tanto sobre la naturaleza de su relato como acerca de las normas que rigen el género narrativo. El parecido (1979), de Álvaro Pombo, o El castillo de la carta cifrada (1979), de Javier Tomeo.
  • Novela policiaca o novela negra: su auge fue posible gracias a la desaparición de la censura (se nutre de ambientes marginales y sórdidos en los que se presentan personajes generalmente amorales y ambiguos). Es perceptible la influencia de autores estadounidenses como Dashiell Hammett y Raymond Chandler, y del cine negro de los años 40 y 50. Se trata de un género con mucho éxito hasta nuestros días: Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán (creador de un personaje que se convertirá en todo un icono de la novela negra española: el detective Pepe Carvalho, excomunista y agente de la CIA protagonista de toda una saga de novelas que se inicia con Yo maté a Kennedy (1972); Andreu Martín, considerado uno de los principales autores del género negro, con Aprende y calla (1979) o ya en nuestro siglo con Juez y parte (2002); Juan Madrid con Un beso de amigo (1980); o Lourdes Ortiz con Picadura mortal (1979), la primera novela negra española protagonizada por una detective.
  • Novela histórica. Aquí podemos citar a Miguel Delibes con El hereje (1998) y son títulos representativos Extramuros (1978), de Jesús Fernández Santos y Luz de la memoria (1976), de Lourdes Ortiz.

En esta generación cabe citar otros autores como: Francisco Umbral, Manuel Vicent, Esther Tusquets, José Mª Merino, José María Guelbenzu, Vicente Molina Foix, Juan José Millás o la aragonesa Soledad Puértolas.

Dentro de esta generación se sitúa  Eduardo Mendoza (1943) uno de los novelistas más importantes de los últimos cincuenta años, que nunca ha abandonado su gusto por la narración y que con frecuencia ha mezclado la novela histórica con polícíaca, muchas veces con un evidente tono paródico y humorístico. Su primera obra, La verdad sobre el caso Savolta (1975) puede considerarse el paradigma del nuevo tipo de narrativa de la Transición. y un claro exponente del abandono del experimentalismo para recuperar el llamado “placer de narrar”, y así, mientras los primeros capítulos mantienen recursos experimentales (desorden cronológico, punto de vista múltiple, collage…) a partir del sexto se vuelve más clásica: se utiliza una sola voz narrativa, la historia se vuelve lineal y hay más diálogo.

 La novela aborda unos hechos históricos: la tensión social de los años 1917-19 en Barcelona, que se recrea cuidadosamente, realizando además un sólido retrato de los personajes y ambientes de la trama, que deja entrever la intrahistoria de una época compleja y de una ciudad, la Barcelona de los años del pistolerismo en la cual hay una gran inseguridad: la clase obrera se levanta en huelgas para reclamar lo que es suyo, y la alta burguesía trata de mantener sus posiciones utilizando incluso la violencia de matones contratados a sueldo para amedrentar a los instigadores. La ciudad y los símbolos urbanos se convierten en un elemento protagonista de la trama.

Está narrada a través de los recuerdos de Javier Miranda, espectador y protagonista de unos hechos ocurridos en Barcelona entre 1917 y 1919 en torno a una importante empresa industrial, propiedad de la familia Savolta, que se enriqueció extraordinariamente con la Primera Guerra Mundial, y ahora preside  un personaje enigmático y aventurero, recién llegado de Francia, Paul André Lepprince, de origen oscuro y modales exquisitos, que se introduce enseguida en las altas esferas económicas de la capital catalana.

El protagonista, Javier Miranda, es un chico vallisoletano que viaja a Barcelona en busca de trabajo. Empieza en un despacho de abogados a cargo de Cortabanyes y pronto conoce a Leprrince, que se convertirá en su mentor. La obra narra los turbios sucesos que llevaron a cabo, sobre todo Lepprince, por las ansias de poder, trama que se mezcla con otra amorosa: la también enigmática y fascinante María Coral, amante de Lepprince, termina casándose con Javier Miranda por conveniencia. El texto finaliza con grandes revueltas de los trabajadores en Barcelona y con la muerte de Lepprince en extrañas circunstancias.

La narración corresponde al relato del testimonio en un juicio sobre el caso de la empresa Savolta, celebrado diez años después, compuesto por las memorias del protagonista y los relatos de otros personajes secundarios, como Nemesio Cabra. Junto a ellos, se incluyen documentos judiciales y policiales y  frecuentes  secuencias retrospectivas, lo cual da una perspectiva cinematográfica, constituyendo una novela rompecabezas que en la última parte se convierte en  una narración clásica y lineal. La obra es una mezcla de géneros (pastiche, la novela negra, la novela de folletín o la novela histórica), con un marcado sentido del humor. Se mezclan también los sucesos individuales de los personajes principales con los sucesos colectivos del trasfondo histórico de la obra. Y por debajo de los sucesos, se percibe una reflexión sobre el lugar y las actitudes del hombre en el mundo que le rodea, que se sitúa tanto en el plano social y político, como en el plano existencial.

Mendoza escribirá también relatos paródicos y de aventuras (El misterio de la cripta embrujada (1979) y El  laberinto de las aceitunas (1982) o Sin noticias de Gurb (1991).

La ciudad de los prodigios (1986) es la más ambiciosa de sus obras y probablemente la más lograda; en ella se recrea la evolución histórica y social de la ciudad de Barcelona en el período comprendido entre las exposiciones universales de 1888 y 1929, tomando como hilo conductor la progresión en la escala social del protagonista. Esta novela retoma y renueva con maestría algunos de los presupuestos de la novela realista decimonónica: el propósito de reflejar y explicar el mundo real y el pormenorizado análisis psicológico de los personajes.

Entre sus últimas novelas destacan La aventura del tocador de señoras (2001), El asombroso  viaje de Pomponio Flato (2008), El enredo de la  bolsa y la vida (2012) y El secreto de la modelo  extraviada (2015). 


2. LOS NARRADORES DE LOS 80:

En esta década comienzan a escribir o se consolidan autores que siguen manteniendo la tendencia narrativa abierta por la generación anterior, intensificando algunos rasgos,  y añadiendo otros:

  • Continúa la tendencia introspectiva (el análisis del yo) o el interés por la novela de género: subgéneros narrativos de gran éxito popular regidos por rasgos argumentales y estilísticos que el autor ha de respetar para no defraudar las expectativas de los lectores aficionados a cada género. Así, continúa el gusto por la novela histórica y policíaca, y se incorporan otros como la novela fantástica y de ciencia ficción, y la novela erótica..
  • Se emplean técnicas metaliterarias que hacen que muchas novelas reflexionen sobre el propio proceso creativo: Enrique Vila-Matas en Historia abreviada de la literatura portátil (1985) o José María Merino en La orilla oscura (1985).
  • Se aplican los principios propios de la deconstrucción, herramienta crítica que defiende la interpretación personal, libre e incluso arbitrarla de cualquier texto. Siguiendo este principio se reescriben motivos, géneros y temas tradicionales desde una mirada posmoderna y contemporánea. Así sucede en Caperucita en Manhattan (1990), de Carmen Martín Gaite, o en muchos de los relatos de Quim Monzó.
En esta etapa encontramos dos autores que comparten el tono intimista y lírico, así como el recurso frecuente a la autoficción (convertir en ficción los recuerdos del propio autor) y la inclusión de la metanovela o metanarrativa (reflexión sobre el proceso de escritura, de creación literaria) en muchas de sus obras: Antonio Muñoz Molina y Javier Marías.


Antonio Muñoz Molina (1956) es un  narrador de gran éxito, de estilo cuidado,  buen conocedor de los diversos procedimientos  narrativos y maestro en el uso de la intriga. En su obra se conjugan de forma armónica el rigor en la construcción del relato y la preocupación por elaborar un argumento atractivo para el lector. Destaca asimismo la calidad de la prosa, intensa, que se desarrolla en períodos amplios, de ritmo muy cuidado.  

Su primera novela, Beatus ille (1986) narra las indagaciones acerca de un supuesto escritor olvidado de la Generación del 27, Solana,  que un estudiante, Minaya, huyendo de problemas políticos, lleva a cabo volviendo a su ciudad natal, Magina, trasunto de Úbeda, ciudad natal de Muñoz Molina. Así pues, que esta obra tiene mucho de autoficción (el protagonista está inspirado en el propio autor, que convierte en ficción algunos de sus recuerdos personales).

El escritor, Solana, había sido amigo y de su tío Manuel. A lo largo de sus investigaciones, se van entrelazando con la propia vida del estudiante y la del escritor Solana los avatares ocurridos en la casa señorial de su tío Manuel. A la vez, se plantea un caso oscuro de índole criminal: quién mató en realidad a la esposa de Manuel la misma noche de bodas muchos años atrás.

La obra presenta también rasgos propios de la llamada metanovela, ya que en la trama se aborda también  la escritura de una novela: Minaya quiere escribir una tesis sobre el poeta Solana, y para ello utiliza unos manuscritos encontrados y un cuaderno azul con sus escritos. Además, hay múltiples referencias a la memoria, los recuerdos, como una forma no de ver sino de recrear lo que ha pasado (es decir, de convertirlos en literatura).

Muñoz Molina volverá al tono memorialístico y la autoficción con El jinete polaco (1991), también ambientado en Magina, Premio Planeta en 1991 y Premio Nacional de Narrativa en 1992; y en Como la sombra que se va ((2014),  donde incluye también elementos polícíacos y de metanovela en torno a una investigación sobre la muerte de Martin Luther kIng.

De hecho, Muñoz Molina cultivó mucho e intentó renovar la novela policíaca. En El invierno en Lisboa (1987) merecedora del Premio Nacional de Literatura y del Premio de la Crítica en 1988, supo crear un argumento atractivo mediante la mezcla de distintos elementos tomados del cine negro, con referencias musicales del jazz.  Beltenebros (1988) describe las impresiones del capitán Darman, un exiliado político que regresa a Madrid para eliminar a un confidente y que revive una misión similar cumplida años atrás. Y en Plenilunio (1997) utiliza el género policíaco para indagar en el lado oscuro del ser humano

Javier Marías (1951-2022) es uno de los nombres más  importantes de la narrativa a caballo entre los siglos XX y XXI.  Sus novelas y cuentos se distinguen por la presencia de una serie de temas obsesivos, como el misterio de la identidad personal, la reflexión sobre el tiempo («El que aquí cuenta lo que vio y le ocurrió no es aquel que lo vio y al que le ocurrió»), el viaje, la muerte, los amores fugaces y el ejercicio de la escritura. En sus obras cultiva el lirismo y el intimismo narrativo, sin abandonar la narratividad, en ocasiones con tendencia a lo polícíaco. Su tono intimista, testimonal y memorialístico hace que también llegue a la autoficción en que el propio autor es el protagonista de la novela. Sus obras con frecuencia se enfocan en primera persona y se consagran a analizar sentimientos mediante una mezcla de narración y reflexión. Marías está muy influido por la narrativa anglosajona.  Su estilo, muy elaborado, posee una rara capacidad envolvente, que difumina y transforma la realidad. Entre sus obras destacan Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1992) y Mañana en la batalla piensa en mí (1994). El tiempo y la identidad personal son temas que aparecen con fuerza en novelas como Negra espalda del tiempo (1998), en la que juega con la realidad y la ficción literaria, o en la trilogía Tu rostro mañana.

 También podemos mencionar a una de las muchas mujeres que irrumpen en el panorama literario:  Rosa Montero (1951). Sus primeras obras incorporan una fuerte carga ética. Entre otros temas ha tratado la conflictividad entre el individuo y la sociedad (Te trataré como a una reina, 1983), y en especial entre la mujer y la sociedad. Una de sus obras donde más explotará su veta íntima es La ridícula idea de no volver a verte (2013): biografía novelada de Marie Curie y trozo de sus memorias al hilo de la muerte de su marido, además de reflexión sutil sobre los límites de la palabra, con toques de humor, ternura y una inmensa sabiduría vital.

Además de los citados son muy importantes Luis  Landero con Juegos de la edad tardía (1989),   Arturo  Pérez- Reverte con El maestro de esgrima (1988),  o Almudena Grandes con la novela erótica Las edades de Lulú  (1989). 

 

3. LA NARRATIVA ÚLTIMA

Entre los novelistas que  comienzan a publicar y destacar desde los 90 hasta  hoy se aprecia una cierta continuidad con respecto  a las formas de la narrativa anterior. Los autores  mantienen el gusto por contar y por la introspección, aunque su interés por el yo convive con el  regreso a un nuevo compromiso social. Por otra parte, en el siglo XXI se producen grandes cambios en la relación entre lectores y escritores,  gracias a la irrupción de redes sociales y blogs, que permiten a los primeros ejercer no sólo como receptores, sino también como críticos. Otros fenómenos como la autopublicación o la proliferación de premios comerciales hacen que el panorama literario sea cada vez más heterogéneo y difícil de estudiar y sistematizar. Aún así, pueden describirse varias tendencias:

·        Se continúa con la misma vigencia que en los 80 con la novela negra e histórica, aunque se incorporan cambios: 

o   La novela negra se vuelve mucho más social y  crítica. Sobresalen autores como Lorenzo Silva,  responsable de Bevilacqua, sargento de la Guardia  Civil que protagoniza una serie literaria; o Alicia  Giménez Bartlett, creadora de la inspectora de  policía Petra Delicado. 

o   La novela histórica se centra, sobre todo, en el  tema de la Guerra Civil e intenta ofrecer un análisis concienzudo gracias a la distancia temporal.  Así sucede en La voz  dormida (2002), de Dulce Chacón, donde se trata  el tema de la represión sufrida por el bando republicano durante la inmediata posguerra, o en los Episodios de una guerra interminable, de Almudena Grandes, proyecto compuesto por seis novelas independientes que narran momentos significativos de la resistencia antifranquista en un periodo comprendido entre 1939 y 1964, y cuyos personajes principales interactúan con figuras reales y escenarios históricos.


Tanto el espíritu (narrar historias ficticias en un fondo histórico rigurosamente documentado) como el título del proyecto homenajean los Episodios Nacionales que en el siglo XIX escribiera Galdós. Las novelas que forman parte de este proyecto son Inés y la alegría  (sobre la invasión del valle de Arán, un intento de levantamiento contra el franquismo en 1944 que fracasó); El lector de Julio Verne (sobre la guerrilla de Cencerro y el Trienio del Terror), Las tres bodas de Manolita (sobre  el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo), Los pacientes del doctor García (sobre el fin de la esperanza y la red de evasión de jerarcas nazis dirigida por Clara Stauffer), La madre de Frankenstein (ambientada en el apogeo de la España nacionalcatólica franquista) y la inconclusa, debido al fallecimiento de la autora en 2021, Mariano en el Bidasoa (sobre la emigración económica interior y los 25 años de paz).

·        

Continúa también la novela intimista: la memoria y la identidad  son dos de los grandes temas de la última narrativa, donde los autores construyen personajes que, a  menudo, se convierten en espejos de sí mismos y  desde los que se abordan temas como la soledad, el  fracaso, la ambición o la falta de motivación vital, y en la que volvemos a encontrar la narrativa pseudoautobiográfica, en la que la  ficción se funde con la memoria (autoficción). Es el caso de  obras como Tranvía a la Malvarrosa (1994), de  Manuel Vicent, o Un calor tan cercano (1998), de  Maruja Torres. 

Aparece el realismo sucio, tendencia de vida efímera con mucho éxito entre el púlico en los 90, cuyo título más icónico es Historias del Kronen (1994), de José Ángel Mañas. Estas novelas intentan plasmar con lenguaje juvenil y directo realidades como el alcohol, las drogas, la marginalidad o la noche. Novelistas como Ray Loriga (Héroes, 1993) o  Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, 1998) se inscriben dentro de esta línea narrativa,  aunque sus trayectorias posteriores han evolucionado hacia caminos diferentes. 

La novela comprometida, recupera el afán por retratar críticamente  la realidad, sobre todo cuestiones como la corrupción, la especulación, la  precariedad laboral o la «cultura del pelotazo», que  aparecen en novelas como Crematorio (2007), de  Rafael Chirbes, o El padre de Blancanieves (2007), de Belén Gopegui. Un lugar relevante  dentro de este tipo de narrativa lo ocupan numerosas obras que proliferaron especialmente a partir  de los años 90 y que perseguían retratar la realidad  homosexual y presentarla a un lector universal, sin  diferencia de sexo ni orientación; por ejemplo, Contra natura (2005) de Álvaro Pombo. 

Otros subgéneros minoritarios son la novela gráfica, la fantástica y de ciencia ficción, la infantil y  juvenil y los libros de viajes. Además de los autores ya citados en esta etapa  pueden recordarse a Gustavo Martín Garzo, Andrés Trapiello, Inma Chacón, Manuel Rivas, Benjamín Prado, Javier Cercas, Juan Manuel de Prada,  Pilar Adón, Juan Bonilla… 

Aquí tenéis el guion del tema:


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