Poesía de los años 40 y 50: de la poesía "desarraigada" a la poesía social

 



LA POESÍA DE LOS AÑOS 40: POESÍA ARRAIGADA Y POESÍA DESARRAIGADA

La Guerra Civil y sus consecuencias supusieron un brusco corte con respecto al brillante período cultural y literario anterior: varios poetas han muerto (Machado, Lorca, Miguel Hernández), la gran mayoría se han exiliado y los que se quedan lo hacen sufriendo la terrible situación de un país arrasado, sumido no solo en la miseria, sino también en la censura y el aislamiento ideológico que impone la dictadura.

En esta situación solo cabían dos opciones, que Dámaso Alonso definió como “poesía arraigada” y “poesía desarragaida”

  • La poesía arraigada es la de los poetas afines al régimen franquista, vinculados a la revista Garcilaso,  como Luis Rosales, Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo o José García Nieto, que cultivan una poesía de formas métricas clásicas (especialmente el soneto) y temas tradicionales (religión, familia, paisaje, belleza de las cosas..) para expresar una visión serena y esperanzada del mundo.
  • Frente a ellos, la poesía desarraigada expresa el malestar existencial consecuencia de la terrible situación que vive el país. Dos obras de dos poetas del 27 (Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre e Hijos de la ira de Dámaso Alonso) dan lugar a toda una corriente de poetas importantísimos durante los años 40 y 50, que expresan la angustia y desesperación existenciales, la visión de un mundo deshecho y caótico, lleno de sufrimiento,  en poemas sobre la muerte, la soledad, la falta de sentido de la vida, la injusticia o la falta de fe en el futuro, con un lenguaje bronco, áspero, desgarrado, y un predominio del verso libre,  versos largos que llegan a ser versículos. En esta línea encontramos a los poetas que publican en la revista Espadaña o Proel, como Eugenio de Nora, Leopoldo de Luis, Victoriano Crémer, y los primeros libros de Blas de Otero (Ángel fieramente humano), Gabriel Celaya (Tranquilamente hablando, Las cosas como son) y José Hierro (Tierra sin nosotros, Alegría)

Junto a estas dos tendencias mayoritarias, habrá otras minoritarias y hasta cierto punto marginales:

  • El Postismo: abreviatura de postsurrealismo, movimiento que reacciona contra ese panorama dominado por poesía arraigada y desarraigada reivindicando una poesía de corte vanguardista y lúdico, evolución del Surrealismo, en la que destaca Carlos Edmundo de Ory. A pesar de su carácter minoritario y efímero,  será una influencia importante en otros poetas, como Gloria Fuertes. Este movimiento se manifestó y conformó como un grupo de vanguardia, entroncando con las vanguardias de antes de la guerra: su nombre quería decir “el ismo que viene después de todos los ismos”, y pretendían ser, de hecho, una síntesis de todos ellos. Así, a la manera de los ismos de los años veinte,  el Postismo presentó manifiestos, revistas propias y también una actitud libre y combativa con las formas establecidas y las convenciones poéticas.
    • Rechazan todo lo canónico, todo dogmatismo e imposición, y reivindican la imaginación, el ludismo (Ory lo definió como una “locura controlada” frente a la “escritura automática” surrealista), el ingenio verbal, el irracionalismo poético, el humor surreal, las asociaciones intuitivas o ingeniosas de ideas, la exploración de las posibilidades del lenguaje y la voluntad de destruir prejuicios mediante juegos de palabras,  la sintaxis alógica, las rupturas temporales, las enumeraciones caóticas, el uso de términos sorpresivos, las rimas llamativas, la distorsión léxica (cambiar el significado o la categoría de las palabras, utilizándolas en contextos insólitos) y el culto al retruécano, consiguiendo una poesía en la que es muy importante el juego, el humor, la sonoridad sorprendente y el absurdo.
  • El grupo cordobés Cántico (formado por poetas más esteticistas y formalistas)
LA POESÍA SOCIAL DE LOS AÑOS 50

En los años 50, en un momento además de cierta movilización social, protestas, huelgas y organización clandestina de los sindicatos, los poetas existencialistas de los 40 salen de esa expresión de su angustia interior y pasan a tratar en su obra cuestiones que afectan a la colectividad social. Nace así toda una corriente de poesía social y comprometida, que se considera  un “arma cargada de futuro”, es decir, la poesía se instrumentaliza, se utiliza para intentar lograr la  concienciación y transformación social, en un proceso que la crítica ha descrito como un paso del yo al nosotros.

Esta poesía de poetas comprometidos y solidarios  pretende transformar el mundo, y para ello debe empezar por concienciar  al lector de la necesidad de la lucha. Por ello se concibe como una poesía “para la mayoría”, y ha de ser fundamentalmente comunicación, clara y directa (es decir, poco poética: se desecha el esteticismo y el cuidado del lenguaje poético porque los objetivos prioritarios de esta poesía son otros). Retoman el noventayochista tema de España pero con un tono más reivindicativo y político,  y denuncian las injusticias y las desigualdades sociales (el paro, la miseria, la alienación, las duras condiciones de trabajo,  la falta de oportunidades…), las necesidades de los más desfavorecidos o la injusticia cometida con la España vencida en la contienda,  con una lengua coloquial, llana, incluso prosaica, y un predominio del verso libre.

Dentro de  la poesía social encontramos a muchos de los  poetas desarraigados que habían cultivado poesía existencial en los 40  como Eugenio de Nora, Leopoldo de Luis,  Victoriano Crémer, Gloria Fuertes (de trayectoria muy personal)… Pero destacan sobre todo tres nombres:

  • GABRIEL CELAYA: en obras como Cantos Íberos o Las cartas boca arriba muestra su evolución desde el existencialismo de la década anterior a una poesía beligerante, combativa, que incita a la lucha y a la actuación para cambiar el mundo, con un lenguaje consciente y deliberadamente alejado del “lujo esteticista”: prosaico, claro y directo, porque la poesía es, ante todo, un “arma cargada de futuro”
  • BLAS DE OTERO: publica en 1955 Pido la paz y la palabra, obra en la que también supera el existencialismo angustiado de su etapa anterior para abrirse a la preocupación social por la España de su tiempo y la solidaridad con los desfavorecidos, con una lengua clara y sobria, pero no siempre sencilla. Predomina el verso libre y los versos cortos, también en sus libros siguientes (En castellano, Que trata de España), donde continúa con una poesía social que llama sobre todo a la solidaridad y la fraternidad, de las que surge la esperanza.
  • JOSÉ HIERRO es un caso especial como poeta social, porque comparte con sus coetáneos las reivindicaciones sociales y la actitud de denuncia, pero él lo hará desde la intimidad personal y la subjetividad (por ejemplo, en sus ”reportajes”, poemas que dan su peculiar versión personal de algún suceso) en libros como Cuanto sé de mí o Quinta del 42.

Tras la década de los  50, estos tres poetas verán como su obra evoluciona hacia una poesía experimental con mayor preocupaciones formales, por el agotamiento y las limitaciones de la estética realista y social (que llegó pronto)

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