José Hierro, presencia y voz, entre el reportaje y la alucinación

 

José Hierro del Real nació en Madrid el 3 de abril de 1922, pero cuando él contaba apenas dos años, su familia se trasladó a Santander y allí transcurrirá gran parte de su vida. Inició los estudios de perito industrial que tuvo que interrumpir con el estallido de la contienda. Su padre fue detenido y él se vio obligado a ponerse a trabajar y ejercer como cabeza de familia. Al finalizar la Guerra Civil fue arrestado por colaborar con una organización clandestina de ayuda a los presos políticos. En la cárcel se dedicó a enseñar a leer y escribir a otros presos, y mientras estuvo allí, murió su padre, y él comenzó a leer poesía, especialmente, la famosa Antología de Gerardo Diego, a quien consideró siempre su padre espiritual y que le pondrá en contacto con la poesía de la Generación del 27, que le marcó profundamente, pero también Machado, Juan Ramón Jiménez y grandes clásicos como Quevedo, Calderón o Lope de Vega estarán entre sus influencias más importantes. También fue allí, en la cárcel, donde comenzó a escribir sus primeros poemas.

En 1944 es liberado en Alcalá de Henares y se traslada a Valencia, donde se dedica a escribir y comenzará a participar  en revistas literarias de la época como Corcel. Esta participación en revistas será muy importante, y cuando vuelva a Santander, llegará a ser fundador de la revista Proel, En 1947 publica su primer libro de poemas Tierra sin nosotros, y el segundo, Alegría, que le hará ganar el prestigioso premio Adonais (de cuyo jurado formaba parte su admirado Gerardo Diego)

De vuelta a  Santander ejerció toda clase de oficios: conferenciante, tornero, profesor, redactor de revistas económicas… Se casa en 1949 con Ángeles Torres, y con ella y sus hijos se trasladará a Madrid, donde trabajará en el CSIC, en la Editora Nacional y en el Ateneo. Colabora don diversas revistas informativas y  varias emisoras de radio; de hecho, se incorpora a Radio Nacional y allí permanecerá hasta su jubilación, en 1987,

Hombre de gran honestidad y simpatía, muy apreciado por todos los que le conocieron, fue un gran aficionado a la pintura (él mismo pintaba y dibujaba, pero  fue también crítico pictórico en diversos medios de comunicación) y a la música (importante en su obra, no solo por la musicalidad de sus versos, sino por diversas referencias a músicos y piezas musicales).

Nombrado «Hijo Adoptivo de Cantabria» en 1982, recibió muchísimos y muy importantes premios a lo largo de toda su carrera: dos veces Premio Nacional de Poesía, varias veces Premio de la Crítica, Premio Nacional de las Letras, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Príncipe de Asturias de las Letras o el mismísmo Premio Cervantes. Durante años rehusó entrar en la Real Academia Española y finalmente fue nombrado miembro en 1999, aunque nunca llegó a tomar posesión. Tres años después, el  21 de diciembre de 2002, falleció en Madrid a los 80 años.


OBRA

Hierro es autor de una obra singular, muy personal y única, difícil de encasillar completamente en ninguna de las corrientes que se sucedieron a lo largo de su época, aunque la crítica suele vincularle a algunas de ellas. Él mismo describió su obra como un “testimonio de vida”: siempre a medio camino entre lo intimista y lo social, su poesía toma como punto de partida su propia experiencia para ofrecernos un panorama de la vida española de su tiempo. De hecho, se le ha vinculado (aunque siempre desde su propia singularidad) en los años 40 a la poesía “desarraigada” y existencial;  y  en los años 50 a la poesía social.  A partir de los años 60 su poesía se abrió también, como la de muchos otros poetas, a procedimientos más experimentales, imaginativos y vanguardistas, como el cullturalismo (a través de poemas de temática o alusiones literarias –a Lope de Vega o Shakespeare, por ejemplo- o musicales –Betthoven, Schubert-)

En su obra es posible distinguir,  a grandes rasgos, dos tipos de poemas, etiquetados y descritos por él mismo: “reportajes” (poemas con un hilo narrativo, escritos a partir de un acontecimiento que provocó en él algún tipo de emoción, emoción que trata de transmitir al lector con un lenguaje sencillo) y “alucinaciones”, poemas mucho más imaginativos y complejos, en los que predomina la emoción, la impresión subjetiva que muchas veces mezcla impresiones y tiempos diversos. Basándose en esta distinción, gran parte de la crítica divide su obra en dos etapas:

1. La primera etapa va desde su libro inicial, Tierra sin nosotros (1947) hasta  Cuanto sé de mí (1958). En ella predominan esos poemas que él mismo ha designado como "reportajes", es decir, una poesía más sencilla y directa: 

«El lector advertirá que mi poesía sigue dos caminos: A un lado, lo que podemos calificar de reportaje… [donde] se trata de una manera directa, narrativa, un tema. Si el resultado se salva de la prosa ha de ser, principalmente, gracias al ritmo, oculto y sostenido, que pone emoción en unas palabras fríamente objetivas». 

Dentro de esta etapa, sus libros de los  años 40 estarían más próximos a las cuestiones existenciales propias de la poesía desarraigada (aquí se situaría Tierra sin nosotros y Alegría, de 1947, o Con las piedras, con el viento de 1950), mientras que  en los años 50 cobrarían más peso las cuestiones sociales, especialmente en Quinta del 42 (1952 ) y Cuanto sé de mí (1957), que hacen que se le incluya dentro de la poesía social de la época, aunque, insistimos, su obra conserva siempre cierta singularidad (él mismo contaba que en esta época le reprochaban que era “muy lírico para ser social o muy social para ser lirico”)

2. La segunda etapa va desde el  Libro de las alucinaciones (1964) hasta Cuaderno de Nueva York (1998). En ella su poesía se hace más compleja, perdiendo la claridad de la primera época, pero ganando en intensidad comunicativa y riqueza metafórica por medio de lo que él llama “alucinaciones”:

 «En el segundo de los casos todo aparece como envuelto en niebla. Se habla vagamente de emociones, y el lector se va arrojando a un ámbito incomprensible en el que es imposible distinguir los hechos que provocan esas emociones».

 A esta etapa y tipo de poesía pertenece también Agenda (1991) y su último libro, Cuaderno de Nueva York, un insólito éxito editorial considerado por la crítica su mejor libro y todo un híto en la poesía española contemporánea.

En su última etapa su producción poética se ralentizó mucho, pero el propio Hierro defendía que “la poesía se escribe cuando ella quiere, no cuando uno quiere”.  A él le costaba mucho escribir en casa, y era habitual verlo escribiendo en bares, cafeterías, trenes o aviones. 

Su lenguaje poético se caracteriza por la sencillez, por eliminar todo retoricismo y adorno innecesario (rasgo compartido con los poetas sociales) y por un manejo muy libre tanto de las formas clásicas, (por ejemplo el soneto) como del uso personal del verso libre. Curiosamente, sus poemas se van haciendo más extensos según avanzamos en su producción poética.

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